NO QUEREMOS UN PLANETA PARA HOY,
QUEREMOSUN PLANETA PARA SIEMPRE


El árbol que se encontraba en la pequeña explanada era sin duda el más grande y esbelto de entre los muchos que había en torno a este.

No sabría decir como era, de sus ramas oscuras no habían brotado aun las nuevas hojas. Era invierno, el frío viento levantaba las hojas caídas en tiempos atrás, durante el otoño. Me senté entre sus raíces que sobresalían de entre la tierra cubierta por la nieve.

En ese instante sentí como la blanca nieve se derretía rápidamente y fluía cristalina en el riachuelo que se había formado. La mustia hierba bajo mis pies comenzó a crecer y crecer de forma exuberante.

Como estas, igual ocurría con los árboles, de las más altas ramas se dejaban ver timidamente pequeñas hojas verdes que, poco a poco, se fueron extendiendo por toda la copa de los mismos. Florecieron, llenando de color el bello paisaje.
Así, comenzó a envolverme un paraje verde y colorido, las flores de los distintos árboles traían consigo el perfume embriagador que las diferenciaba unas de otras.

Miré hacia arriba y conforme lo hacía, sentí tras mi espalda, dentro de la áspera corteza del gran árbol, que su corazón volvía a latir. Desde las raíces más profundas, comenzaba a ascender toda su vitalidad. Pude notar como bullía cálida hasta alcanzar la zona más alta. En las formidables ramas se formaban las hojas que brotaban brillantes por donde la savia pasaba.

Las flores crecían lentamente hasta abrirse para mostrar sus vivos colores que atraían la mirada de cualquiera que tuviera la capacidad para ver, ver lo magnífico de la naturaleza, la magia que tiene escondida esperando a ser desvelada.
Conseguí reconocer que era un cerezo, el cerezo más grande que había visto en mi vida, pues la primavera había tomado parte en este suelo en tierra libre, de la naturaleza.
El aire estaba cargado de vida, era puro como un manantial que surge en la montaña.
No me había dado cuenta antes, pero pequeños animales me rodeaban, escuchaba el cantar de los pajarillos, el ruido de los peces en el agua y además la inconfundible melodía del suave viento al agitar las copas de los árboles.
De repente, el dulce agua dejó de discurrir entre las piedras. Toda la hierba que se encontraba en torno al riachuelo ahora muerto, empezó a ennegrecer.
Como si del polen se tratase, comenzó a extenderse por el bosque. Todo aquello que me rodeaba, antes de grandiosa belleza, digna de admirar, estaba ahora oscuro. Y cada vez estaba más y más oscuro…Me asfixiaba. En un intento desesperado por respirar me llevé las manos a la garganta, pero fue en vano.

La calida brisa de una tarde de verano entró en mi habitación por la ventana que estaba abierta de par en par.
Yacía en la cama, empapado de sudor, impresionado por lo que acababa de ver.

Un precioso espacio natural aislado de todo medio de destrucción del ser humano, pero me equivocaba, mi propia ingenuidad me hizo caer en la cuenta de ello. El río ya no llevaba agua y las plantas dejaron de desprender todo su aroma y frescura para marchitarse tristemente.
Estos indicios me hacían pensar, pensar en nuestro mundo, el planeta Tierra, un acogedor hogar, el único que todos tenemos. Pero nosotros lo destruimos porque el hombre ha nacido con la capacidad innata de la autodestrucción. Aunque también su inteligencia, parece estar aun mermada y cegada por la ambición del poder.
En un abrir y cerrar de ojos, muchos pensamientos me abordaron la mente, ¡ya se lo que vi! Fue un reflejo del futuro, de lo que nos esperaba.
Todo esto me superaba,
¿Cómo iba yo solo a cambiar el curso de la catástrofe que se avecinaba?
Mis irrelevantes ideas me impulsaron a exponer mis pensamientos ante todos, pero sobre todo ante el mundo, para así poder curarle poco a poco sus heridas. El futuro ahora está en nosotros, por eso
NO QUEREMOS UN PLANETA PARA HOY, QUEREMOS UN PLANETA PARA SIEMPRE.

escrito por Eduardo Benitez Villaespesa ( Edu ) para un concurso de literatura...